Poder y amenaza

Cuando el poder se concentra en exceso, quienes lo detentan no tienen otro objetivo que no perderlo; dedican todo su tiempo y esfuerzo a incrementarlo, si es posible.

Antes que nada, corrijo un error de mi texto del miércoles. Dice: “Dicho de otra manera, mientras 45 por ciento de los mexicanos estaba en clase media o alta hace 10 años, el año pasado esa proporción se había reducido a 38 por ciento”. Debió decir: “Mientras en 2018 cerca de 45 por ciento de los mexicanos estaba en clase media o alta, el año pasado…”. Lo lamento, y entro en el tema de hoy.

La concentración de poder es un grave problema, especialmente en las sociedades modernas. Cuando el poder se concentra en exceso, quienes lo detentan no tienen otro objetivo que no perderlo. Dedican todo su tiempo y esfuerzo a mantener ese poder e incrementarlo, si es posible.

Puesto que el poder tiene tres fuentes (la fuerza, los recursos y la legitimidad), esa concentración implica el fortalecimiento de un discurso monolítico, la construcción de instituciones extractivas y la desaparición de los límites entre políticos y militares (o más exactamente, ejecutores de violencia).

No debemos tener duda de que vivimos un proceso de concentración de poder. Más grave aún, no en un partido o grupo, sino en una persona. El Presidente dedica todo su tiempo y todos sus esfuerzos a fortalecer su discurso único, a promover la extracción de rentas y a asociarse con los ejecutores de la violencia.

Como parte de ese discurso único, desacredita todos los días a sus críticos, destruye instituciones, falsea información. Ahora le ha tocado turno al CIDE, pero ya ha descalificado a la UNAM, golpeado al Conacyt y, de forma general, despreciado a quienes se dedican a tareas intelectuales.

Promueve la extracción de rentas mediante distribución de efectivo, compras de gobierno por asignación, devolución de prebendas a sindicatos. Su insistencia en dar vida artificial a Pemex y CFE es, en el fondo, una extracción de recursos a consumidores y causantes. Lo mismo puede decirse de las transferencias de patrimonio nacional al Ejército, que ahora amenaza convertir en una empresa.

Pero la relación con los ejecutores de la violencia no es sólo un tema de rentas, sino algo aún peor. Convertir al Ejército en empresario es una pésima idea, pero convertir al crimen organizado en interlocutor, o más claro, receptor de abrazos, es algo peor. De por sí el uso de las Fuerzas Armadas para enfrentar al narcotráfico ha sido fuente de corrupción y un riesgo permanente de contaminación, pero el desvanecimiento de las fronteras entre esos dos grupos, en actividades y en su relación con el comandante supremo, es una amenaza a la seguridad nacional. La máxima imaginable.

Es en este contexto en el que hay que evaluar la insistencia presidencial en que se le ratifique en un puesto que no requiere tal ejercicio. Y también desde ahí debemos considerar los ataques continuos al INE, ahora convertidos en un problema presupuestal. Se obliga al instituto a celebrar elecciones adicionales, innecesarias, pero se le niegan recursos para ello. Se busca dañar el prestigio de la institución para poder poner en duda, desde ahora, los comicios de 2024.

Decíamos al inicio: cuando el poder se concentra, el poderoso sólo piensa en mantener ese poder. Hay que decirlo más claro: no existe otro tema en la mente de López Obrador. Todas sus decisiones, todas sus expresiones, tienen como fin único mantenerse en el poder. Como presidente o como jefe máximo; como civil o como cúspide de los ejecutores de violencia; institucionalmente o no.

Esta columna insiste en que no hay amenaza mayor a la seguridad nacional que el Presidente en funciones. La forma en que esa amenaza se concrete en los próximos meses y años no es clara, pero su ocurrencia es indiscutible. No la menosprecie.

Macario Schettino