Cómo desperdiciar lo poco que nos une Tema y Problema

Por Lorenzo Meyer | En México la relación entre nación y Estado o entre los ciudadanos y las estructuras de autoridad nunca ha sido muy buena y el neoliberalismo la ha debilitado aun más. Si el mercado es el principal encargado de asignar recursos, tareas, recompensas y castigos ¿Para qué se quiere un Estado caracterizado por su falta de democracia y sobra de ineficiencia y corrupción?

Indicadores

Si uno consulta a la opinión dominante sobre la cosa pública en México, no puede menos que concluir que los ciudadanos tienen una opinión muy pobre del estado de su Estado. Un análisis de las encuestas en este campo lleva a preguntarse si el centro de nuestra vida política ya perdió o está a punto de perder su capacidad para mantener unida a la estructura social.

Veamos algunas de esas encuestas. Formalmente México es una democracia que en los años 2000 y 2012 experimentó sendos cambios pacíficos de partido en el poder como resultado de las elecciones. Sin embargo, y según la quinta “Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas” (ENCUP) de 2012, elaborada por la Secretaría de Gobernación, (www.encup.gob.mx), a la pregunta de si México vive o no en democracia, sólo el 34% respondió afirmativamente, 31% negativamente y un 33% dijo que sólo en parte. A otra interrogante, el 27% dijo esperar que nuestra democracia mejoraría el futuro pero el 28% opinó exactamente lo contrario, el 23% supuso que sólo mejoraría parcialmente y el 17% simplemente ya no esperaba ningún cambio. Por eso no es de extrañar que cuando al encuestado se le propuso elegir entre desarrollo económico y democracia, el 50% se pronunció por el primero y apenas el 21% por la democracia, con un 27% que se rehusó a optar.

A la pregunta sobre el grado de corrupción del país, donde cero significaría ausencia de corrupción y 5 corrupción total, la ciudadanía le dio una calificación de 4.54, es decir, que percibió su entorno muy cercano a la corrupción absoluta y una mayoría -el 57%- opinó que era entre imposible o poco posible que en México se pusiera fin a ese desafortunado fenómeno, pues el 91% de los encuestados consideró que el nuestro es un país donde los gobernantes cumplen poco o nada con la ley.

Una Luz en el Fondo

En este panorama tan desolador hay, sin embargo, un tema donde la respuesta mayoritaria destaca por su carácter positivo. A la interrogante “qué tan orgulloso está usted de ser mexicano”, el 75% respondió “muy orgulloso”, el 19% “orgulloso”, el 5% “algo orgulloso” y apenas el 1% optó por “nada orgulloso”.

Frente al escepticismo sobre nuestra democracia, la mediocridad del crecimiento de la economía -el crecimiento promedio anual del PIB per cápita en los dos últimos sexenios es de apenas 1.3%-, la pésima calidad del gobierno, su incapacidad para combatir al crimen organizado y otros factores similares, el grueso de los mexicanos reafirman su sentimiento nacionalista. Es pues, en la persistencia de un fuerte sentido de la mexicanidad, donde hay algo políticamente positivo e importante pero que la élite del poder en su conjunto no pareciera dispuesta a aprovechar sino todo lo contrario, a ignorar y dilapidar en aras de un status quo que, justificado por las “leyes del mercado”, les beneficia en extremo.

Nacionalismo

El origen del nacionalismo mexicano se puede rastrear en algunos círculos criollos del final del período colonial, pero su desarrolló efectivo se da a partir de mediados del siglo XIX y como reacción defensiva ante las consecuencias de nuestra vecindad con Estados Unidos, una potencia emergente con un nacionalismo muy recio. Una de las bases de ese agresivo nacionalismo norteamericano, es su idea de constituir desde el inicio una nación “excepcional”, que a su vez ha servido como justificación de sus acciones imperiales -un “destino manifiesto”- en México primero y en el resto del orbe después.

No hay una definición del concepto de nacionalismo sino varias. Erik Hobsbawn, el gran historiador inglés recién fallecido, optó por la desarrollada por Ernest Gellner, que le interpreta como la demanda -exigencia- de alcanzar la coincidencia entre el Estado y la nación, entendida esta última como una estructura social unida por una cultura -un sistema de ideas y formas de conducta- común, (“Nations and nationalism”, Ithaca: Cornell University Press, 1983).

El problema del nacionalismo mexicano es, justamente, que muy pocas veces se ha visto satisfecha esa demanda de unión entre nación y Estado. La última vez en que se dio esa coincidencia, y una de las mejores, fue hace 75 años, durante el cardenismo. La expropiación y nacionalización de la industria petrolera, reforzada por una reforma agraria que expropió grandes propiedades a nacionales y extranjeros en beneficio directo de la masa campesina-, desembocó en un momento magnífico de unidad entre Estado y nación. Una unidad defensiva, no agresiva, que inyectó confianza en un auténtico proyecto nacional que se diluyó rápidamente.

Petróleo y Nacionalismo

Miguel Alemán no pudo ir muy lejos en su intento de abrir una discreta puerta a la actividad petrolera a las empresas extranjeras. Carlos Salinas no se atrevió a meter el petróleo dentro del TLC con Estados Unidos. Felipe Calderón tampoco pudo avanzar gran cosa en su idea de hacer de la exploración en aguas profundas un área donde abiertamente se “asociaran” con Pemex empresas extranjeras. Sin embargo, poco a poco, a partir de la crisis de 1982 y de manera discreta, se han ido reclasificando áreas de la petroquímica o permitiendo la presencia creciente del capital privado en actividades que originalmente fueron declaradas responsabilidad exclusiva de Pemex y que hoy son extraordinariamente rentables y casi sin riesgos en “servicios” y transporte para empresas como Hallyburton.

En 2012 el retorno del PRI a la presidencia y el “Pacto por México” abren de nuevo la discusión sobre qué hacer con la industria petrolera. El nuevo gobierno asegura que no se propone modificar la naturaleza básica de esa actividad pues el petróleo seguirá siendo de la nación. Pero en realidad ese no es el corazón del tema, sino que se propone hacer con el carácter de México como productor, procesador y exportador de crudo. El proyecto nacionalista fue justamente no volver a ser proveedores de crudo para el mercado externo, no usar la renta petrolera para cubrir el gasto corriente del gobierno y evitar que paguen impuestos los que deben. Exportar sólo lo estrictamente necesario para compensar lo que el mercado interno requiriese de derivados que Pemex no puede surtir.

Hoy, la clase dirigente mexicana podría proponerse volver a hacer de Pemex una gran empresa mexicana, manejada por mexicanos para surtir necesidades reales mexicanas y ejemplo de las capacidades y voluntad mexicanas. Devolver al petróleo su carácter de base material, objetiva y productiva, de ese sentido de nacionalismo que hoy simplemente no tiene ancla y cuya energía se disipa porque no hay coincidencia entre el insatisfactorio Estado que realmente existe -oligárquico, ineficaz, corrupto e incapaz de despertar la imaginación de la mayoría- y esa nación que, pese a todo, aún demanda, razones para creer y sentirse orgullosa de sí misma.

RESUMEN

“El sentimiento nacionalista es un recurso de energía política y manejo delicado que podría ser puesto al servicio de un proyecto nacional si lo hubiera y si la clase política mexicana fuera de otra naturaleza”.

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