El silencio de Jacobo

Diana Amador | En la televisión Jacobo no imponía su voz. Era la única. El investigador Raúl Trejo Delarbre niega que el presentador haya sido el vocero oficial del régimen. «Era el único noticiario nacional, no tenía competencia, por supuesto que eso lo convierte en el rostro más visible. El espacio de acción para los periodistas en general en esa época era muy reducido. Zabludovsky hacía su trabajo, no era un lector de noticias, era un verdadero reportero y era el más conocido. Padecía la censura, como todos. ¿Eso lo convierte en un vocero? Por supuesto que no», dice en entrevista. El noticiario 24 horas nació en 1971 y fue el primero en su especie. Ninguna otra empresa tenía su capacidad de producción y no existía siquiera otra cadena de televisión competitiva. Fue hasta 1993 que nació Tv Azteca y su «Fuerza informativa». Para entonces, Zabludovsky les llevaba 22 años de ventaja y el reconocimiento del público. «No era el comunicador oficial —dice Trejo—, simplemente era el único». Pero en la década de los setenta había otros periodistas que en otros medios trataban de acabar con las versiones oficiales. Como el Excélsior dirigido por Julio Scherer, que fue tomado por un grupo de cooperativistas azuzados por el gobierno del entonces presidente Luis Echeverría, constante objeto de las críticas del diario. La noche de julio de 1976, cuando los periodistas fueron expulsados de sus instalaciones, Jacobo, «servil a Echeverría como a todos los presidentes priístas que vinieron después» —según palabras de Vicente Leñero en su libro Los Periodistas—, dijo que el cambio administrativo era resultado de una asamblea que se realizó en orden y cumpliendo los estatutos de la cooperativa. Dijo, además, que habían encontrado armas en las oficinas de Scherer provenientes de la guerrilla sandinista en Nicaragua con la que el periodista tenía nexos. Era el fin de «una era de periodismo amarillo y desestabilizador de nuestra democracia», dijo frente a las cámaras. No, Jacobo no salió en defensa de sus colegas, como tampoco lo hicieron otros periodistas. «Es probable que Zabludovsky callara cosas porque ésas eran las reglas y no aplicaban sólo para él», dice Trejo. La noche del 2 de octubre de 1968 Jacobo abrió su noticiario en Canal 4 diciendo «hoy fue un día soleado». Sin duda no lo fue para los miles de estudiantes que se manifestaron en la Plaza de Tlatelolco. Pero la televisión, la radio y los diarios sólo hablaban de jóvenes armados que querían boicotear las olimpiadas. Aún hoy, el número de muertos y desaparecidos son cálculos aproximados. Al otro día Jacobo recibió una llamada del presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien le reclamaba el uso de una corbata negra que él interpretó como un símbolo de luto. «Señor presidente, yo uso corbata negra desde años», le respondió el periodista. Y era verdad. El Estado vigilaba cada movimiento de quienes se dedicaban a informar y les marcaba el paso. No había espacio para la disidencia. —¿Alguna vez tuvo que reservarse expresiones de inconformidad como ésa? —Siempre. En todos los casos los periodistas operábamos en el margen de la posibilidad. México era un país donde los tres poderes estaban en manos de un partido, pero también los otros poderes: la prensa estaba dominada, los sindicatos, la iglesia, las agrupaciones empresariales, la economía. Dentro de ese poder absoluto de un solo partido, la posibilidad periodística estaba marginada. —¿Alguna vez mintió en su noticiario? —Mi equipo y yo siempre tratamos de hacer investigaciones a fondo, cotejar información. En algunos casos no teníamos esa opción, era imposible porque las fuentes estaban cerradas porque nadie respondía tus preguntas, porque también nos inyectaron la autocensura. —¿Entonces se vio obligado a mentir? —Me vi obligado a quedarme con la versión oficial, porque nuestras posibilidades de investigación de algunos temas eran mínimas. Y eso lo padecían todos los periodistas, no sólo nosotros. —¿Se arrepiente de alguna cobertura en especial? —Los arrepentimientos siempre pasan, seas o no periodista. Pero uno no puede lamentarse todo el tiempo, o te puede pasar lo que a la mujer de Lot que miró hacia atrás y se convirtió en una estatua de sal. Hay que mirar hacia adelante y sacar del pasado la experiencia para hacerlo mejor en el futuro. —¿Le parece injusto que lo identifiquen como el vocero del régimen priista? —Es injusto, pero es explicable porque era el periodista más notorio, el más destacado. Siempre pasa que identificas cierto momento con cierta persona, sólo porque ahí estaba. Lo entiendo aunque no lo comparto. Su Casa la Ciudad La mañana del 19 de septiembre de 1985, cuando la Ciudad de México fue sacudida por el peor terremoto de su historia, Jacobo Zabludovsky dejó a su esposa en casa y salió a buscar la noticia entre las ruinas. Él no lo sabía, pero era el único periodista que logró transmitir para la XEW a través de un teléfono instalado en su auto. Durante sus 12 horas de grabación sólo hubo un largo silencio. Fue alrededor de las nueve de la mañana cuando llegó al edificio de Televisa Chapultepec que entonces estaba derrumbado. Él sabía quiénes habían muerto. Él los había contratado, les había asignado su horario, sabía que estaban ahí a las 7:19 de la mañana cuando la tierra se cimbró. Durante unos segundos la culpa lo hizo flaquear. «Era mi familia, perdí a 100 miembros de mi familia. No pude decir nada, sólo comencé a llorar en silencio. Después me ganó la conciencia de que tenía que seguir informando, que la gente necesitaba información». Aquel día lo recuerda como el más difícil de su carrera. «Mi ciudad se destruyó», dice. Con los años, su relación con el DF se hizo más entrañable, sobre todo después de integrar el Consejo Consultivo para el Rescate del Centro Histórico, junto con el cardenal Norberto Rivera, el historiador Guillermo Tovar y el empresario Carlos Slim, a quienes cuenta entre sus amigos más entrañables. Jacobo le ha puesto atención especial a La Merced, el barrio que lo vio crecer. Aquí, donde la mayoría de las calles son ocupadas por prostitutas y puestos ambulantes, el nombre de Zabludovsky es una leyenda. En la calle de San Jerónimo, la vecindad que fue su primer hogar ya no existe, pero Rosario Méndez recuerda con admiración a la familia formada por David Zabludovsky y Raquel Kraveski. Él se dedicaba a vender retazos de tela, pero se fue ganando su lugar como comerciante. «Todos eran rubios y de ojos claros, no podías olvidar algo así», dice la mujer de 75 años. Recuerda también a los dos pequeños varones cargando siempre una pila de libros. «Eran judíos muy trabajadores y muy estudiosos. Eso se notó siempre. Nadie podía pensar en qué se iban a convertir, pero se notaba que no iban a envejecer en estos rumbos».  Ahora Jacobo vive muy lejos, pero nunca olvida su barrio y defiende siempre su restauración y conservación. «Las calles de mi infancia van conmigo a todos lados», dice el periodista. Y fueron estas calles que despertaron su curiosidad incansable y su voracidad como lector. Durante muchos años la familia Zabludovsky pasó por penurias económicas, pero el periodista recuerda con cariño sus paseos por Donceles en busca de libros usados que estuvieran a su alcance. Julio Verne fue su primer autor, pero fue Dostoievski el que lo ancló para siempre a la lectura. «Se hizo un vicio más que un hábito. Mi esposa Sarita quería sacarme de mi casa con todas mis toneladas de libros», dice entre risas.

Con Dios y con el Diablo

Algo tiene Jacobo Zabludovsky que sus conversaciones parecen paseos veraniegos que uno nunca quiere terminar. En sus oficinas, posa para el fotógrafo mientras cuenta de su próximo viaje a Madrid, donde habrá una reunión del consejo del Museo del Prado del que forma parte. Cuenta entonces de su amistad con Juan Soriano, quien alentó su gusto por el arte. Teje ésa con otra historia y luego con una anécdota que termina con el día en que compró un libro de tauromaquia de más de 150 años de antigüedad. —Usted, tan aficionado a las toros, ¿qué opina de los activistas que quieren prohibir las corridas? —Que tienen toda la razón. Es un espectáculo muy cruel. Si no fuera tan aficionado, me uniría a su causa. —¿Alguna vez ha intentado torear? —Sí, una vez. No lo vuelvo a hacer jamás. Ni mi esposa me dejaría. Nunca sentí tanto terror como ese día. Bueno sí, sentí mucho miedo cuando el cáncer me dio su tercera cornada. Jacobo habla ya con mucha soltura de la enfermedad que lo atacó tres veces y lo enfrentó con la muerte. No podía concentrarse lo suficiente para leer, no podía cargar a sus nietos, no podía valerse por sí mismo y tenía que usar un pañal. «Fue una época dolorosa y terrible pero quizá la más valiosa. Porque entonces supe qué y quiénes eran importantes. La idea de la muerte me cambió la vida», dice. Aunque parece lo contrario, Zabludovsky tiene muchos compañeros, pero pocos amigos verdaderos. De los enemigos no habla, aunque asegura que todos los tenemos. «Parece que tengo una muy buena relación con todos, pero es porque nadie habla de las malas relaciones», dice riendo. Jaime Almeida formó parte del equipo de reporteros de Jacobo entre 1969 y 1975. En seis años, dice, nunca fue presionado para «torcer la realidad» o sacar temas de su agenda. «Había censura, eso es seguro, pero mi trabajo siempre fue respetado y defendido por Zabludovsky», dice. A su ex jefe lo recuerda como un maestro, como el que lo enseñó a cotejar información y buscar donde menos esperaba. Así recuerda con orgullo las grandes historias que cubrieron juntos, como la entrevista a Joel David Kaplan, el reo que se fugó en un helicóptero y era uno de los más buscados por el gobierno mexicano; o el primer reportaje sobre narcotráfico que hizo su compañero Fernando Alcalá en 1974. «Era un periodismo de investigación, no de escándalos. Jacobo sentó las bases para lo que se hizo después y que se ha mejorado mucho conforme se tienen más libertades. Pero decir que Jacobo fue el vocero oficial es una injusticia y una gran muestra de ignorancia. Lo dicen porque no conocen su carrera», sostiene. Jacobo habrá callado muchas cosas, pero dejó a su público otras grandes coberturas. Fue el primer periodista en el mundo que entrevistó al Che Guevara y a Fidel Castro después de la revolución cubana; el único reportero mexicano que igual estuvo con Dalí que con Gabriel García Márquez y Octavio Paz. Almeida recuerda la dureza con la que revisaba su trabajo, las veces que le hacía repetir una palabra cada vez que la escribía mal. «Era implacable», dice y agradece que durante años lo haya obligado a buscar al menos cinco fuentes antes de dar por sentado un hecho. Recuerda aún más el apoyo que dio Zabludosvky a los organizadores del festival de Avándaro, que fue planeado desde sus oficinas para que se grabara y transmitiera en su programa dominical. «Todas las noches en su noticiario daba una nota sobre los avances del festival. Él convenció a Azcárraga de hacer todos los trámites y poner el equipo. Si no fuera por Jacobo, Avándaro no hubiera existido», dice Almeida, periodista que lleva casi cuatro décadas escribiendo sobre música. Heriberto Murrieta también trabajó en el noticiario de Jacobo; desde la década de los ochenta. Es uno de sus más famosos discípulos. Él recuerda, ahora entre risas, el día que rompió tres versiones de su entrevista a Cantinflas. «Yo ya no podía con los nervios, me daba hasta miedo llevársela. Pero a la cuarta versión aprendí, me di cuenta que sí podía mejorarse esa nota. Que siempre se puede». Dice además que el mayor valor de «el maestro» es que ofrece «una amistad inteligente. Igual te ayuda, pero te cuestiona para ayudarte a tener más claridad. Te trata siempre con respeto y conserva, ante todo, tu confianza», dice. Zabludovsky está de acuerdo. «Yo no soy de izquierda ni de derecha, no tengo amigos por partidos políticos o por ideologías. Me llevo bien con Dios y con el diablo. Si hay cariño y confianza recíprocos, la gente lo percibe», dice. Quien fuera identificado como un símbolo de la censura, ahora es de los pocos periodistas que dan espacio a Andrés Manuel López Obrador y uno de los más queridos y mejor tratados en La Jornada, el periódico de izquierda por antonomasia. «Respeto a ese periódico, quiero a Carmen Lira, su directora, y me he hecho amigo de Andrés Manuel. Le di espacio cuando nadie más quería hacerlo porque era mi responsabilidad como periodista, no porque estuviera de acuerdo con lo que decía. La objetividad absoluta es imposible, pero siempre trato de acercarme», dice. Al terminar la entrevista, Jacobo me escolta a la salida. En los pasillos me hace un rápido recuento histórico de las transformaciones que han sufrido sus oficinas. Saluda al vigilante «Alberto». Espera a mi lado a que llegue el elevador y se disculpa una vez más, ahora por la tardanza del «viejo aparato». La gente se acerca, lo saluda y él sonríe, como siempre. Su noticiario ha cambiado, pero Jacobo sigue siendo igual.

Fuente: http://diez4.com/diez4/?p=10765