Guerrero: los fantasmas de Aguas Blancas

Por Ricardo Rocha | Sé que pueden tacharme de apologista de la violencia, pero Guerrero se cuece aparte. También sé que son mayoría las voces que, hinchadas de fervor patriótico, propugnan que “el compromiso está con la nación y que en este México que es de todos no puede haber estados de excepción”.

Igualmente sé que muchas de estas voces y plumas se expresan con la consistencia de años y sexenios de estar siempre de acuerdo con el Gobierno en turno, sin importar del signo que sea. Pero me imagino que hay también algunos que por feliz ignorancia optan por descalificar a los “maestros revoltosos” que, como le tienen miedo a ser evaluados, ahí andan bloqueando autopistas y provocando daños millonarios al turismo y al país.

Lo que no supongo, porque estoy seguro, es que ni unos ni otros han estado jamás en otros lugares de Guerrero que no sean La Costera, Las Brisas o Punta Diamante en Acapulco. Que por tanto no tienen ni la más remota idea de cómo se vive o se sobrevive en los alrededores del puerto de sierra de Tlapa o en la mera Costa Chica. Ahí donde agobian el calor, la miseria y el hambre. Donde los niños con las panzas reventadas de parásitos se mueren a causa de un resfriado. Menos aún han de saber la larga historia primero de esclavitud hace todavía siglo y medio y luego de represión, tortura, violaciones, abusos y crímenes por parte lo mismo de caciques y pistoleros que de soldados y policías siempre contra los más pobres de los pobres.

Por ello no es gratuita ni espontánea la aparición de innumerables organizaciones de campesinos y más recientemente ecologistas opuestos a los atropellos y abusos contra los guerrerenses, a los que creo que injustamente les atribuimos fama de broncudos y violentos. No eran ariscos, pero los hicieron a palos. Que quede claro, no se trata de justificar la violencia. Siempre he dicho que sólo quienes nunca han visto los muertos y la sangre pueden acreditarla. Pero a la vez, tampoco creo en los juicios comodinos que desde los cubículos, los autos blindados, las curules o las ventanillas de los aviones ejecutivos se hacen sobre una realidad distante y ajena a quienes jamás ensuciaron sus mocasines de marca con el barro de la pobreza.

Tampoco puedo justificar el estrangulamiento de carreteras como forma de lucha. Siempre he creído que por más noble que sea la causa, no se puede admitir la agresión brutal contra el sacrosanto derecho a la movilidad de miles e incluso poner en riesgo la vida de alguien que, por ejemplo, pueda requerir atención médica y se vea de pronto atrapado contra su voluntad. En todo caso, lo que intento es recuperar una génesis histórica, que me parece indispensable para entender lo que ahora está pasando.

Creo sinceramente que lo que faltó en Guerrero es un trabajo político federal y estatal que preparara el terreno para una reforma educativa, que si bien es urgente a nivel nacional, sí debiera considerar en sus leyes reglamentarias algunas peculiaridades como las de Guerrero.

(Aut. Manuel Cabrera)