La crisis orilla a la prostitución a miles de mujeres con los riesgos de la pandemia

Gabriela ha tenido también que tomar la decisión de volver a la calle debido al ahogo económico. A sus 39 años había logrado arrendar un pequeño puesto en el centro de la ciudad donde vendía ropa, maquillaje y bisutería. Sus clientes eran principalmente sus excompañeras.

La crisis económica desatada por la pandemia de covid-19ha llevado a Claudia (41 años) de nuevo a las calles para realizar servicios sexuales. Ella se había retirado hace 10 años, cuando conoció a su actual pareja, pero al quedarse este sin empleo, el hambre y la necesidad de ingresos para la familia la obligaron a tomar, con resignación, la que ella considera una decisión difícil. “Estaba tranquila en mi casa. Se siente feo regresar”, afirma. Miles de mujeres se han visto obligadas en estos tiempos a recurrir a la prostitución para obtener dinero en medio de la pandemia. Un diagnóstico efectuado por la organización Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer revela que en Ciudad de México se han duplicado las trabajadoras sexuales, pasando de 7.700 antes de la crisis a 15.200 en la actualidad. “Como yo, hay muchas”, asegura Claudia, quien regresó en julio a ofrecer sus servicios en las calles de la capital. “Vuelvo a ver a compañeras que también se habían retirado”, dice. “Esto es muy duro”.

Claudia comenzó a prostituirse cuando tenía 16 años. Luego tuvo dos hijos de un hombre que la maltrataba y no le daba dinero para la manutención. Entonces lo dejó y regresó al trabajo sexual, ofreciendo su cuerpo en La Merced, una zona populosa y peligrosa de la capital. Al principio, cuenta, tuvo problemas con chicas más jóvenes, que se peleaban el espacio y los clientes. “No, manita, yo ya hacía esto antes”, les replicaba. Asegura que “ganaba muy bien”, pero un día un cliente se enamoró de ella. Tanto, que le pidió que se retirara. Formaron una familia que vivió durante años con lo que él ganaba como jardinero y manitas, hasta que llegó el golpe del coronavirus. “Mucha gente le quitó el trabajo por miedo a los contagios”, explica la mujer. El dinero se esfumó y con él la comida; los meses de renta comenzaron a acumularse. “Lo platiqué con él [el regreso a la prostitución] y me dijo que no. Insistí”. El hombre se resignó diciéndose entre dientes que era una decisión temporal, que hallaría trabajo, que volvería a ser el sostén de su familia. “Él ha llorado. Me pide perdón porque he tenido que regresar a este trabajo”, dice.

Claudia cuenta su historia entre llantos. Estamos en la sede de Brigadas, en un apartamento de tres habitaciones localizado en un vetusto edificio de la Calle Corregidora, en el centro de Ciudad de México, zona roja de la capital. Aquí las chicas han tenido apoyo y compañía. El año pasado, al inicio de la pandemia, 50 trabajadoras sexuales que tenían relación con esta organización murieron por la covid. Entonces, Elvira Madrid Romero, directora del organismo, lanzó una campaña de prevención propia y urgente, que incluía la publicación de un manual para prevenir la enfermedad. Entre sus páginas, un coronasutra, una lámina ilustrada con aquellas posiciones sexuales que representan menos riesgo de contagio porque impiden el contacto cara a cara. Además, les repartieron gel y cubrebocas gratis.

Con todo, para Claudia ha sido difícil. “Hay clientes que te dicen: ‘Te doy un besito’. Y si les dices que no, lo pierdes. Hay otros que te piden que te quites el cubrebocas, pero no debemos hacerlo, porque tenemos que cuidarnos. Cuando llego a casa me quito la ropa, me baño y luego la lavo”, relata. Ella asegura que sufrió síntomas de covid-19, aunque una prueba rápida resultó negativa. Su esposo, igual. Su padre, de 62 años, y su hermano, de 39, sí fueron diagnosticados. A pesar del alto riesgo, lamenta que no tiene más opciones. Además de lidiar con sus clientes, debe hacerlo con el dueño del hotel donde los lleva, que cobra 100 pesos por 15 minutos de encierro en una habitación. “No es justo. Yo cobro 250 al cliente y 100 le quedan al dueño del hotel, que además no garantiza la limpieza. Una de sus camareras murió de covid”, asegura.

Gabriela ha tenido también que tomar la decisión de volver a la calle debido al ahogo económico. A sus 39 años había logrado arrendar un pequeño puesto en el centro de la ciudad donde vendía ropa, maquillaje y bisutería. Sus clientes eran principalmente sus excompañeras. El dinero le daba para vivir y criar a sus dos hijos adolescentes, de 16 y 17 años (los mayores, de 20 y 22 cuentan ya con trabajos propios), pero con el cierre de negocios exigido por las autoridades como medida de contingencia, la mujer se vio sin un peso. “Regresé a trabajar cuando abrieron los hoteles en julio. Nunca pensé que iba a pasar esto. Me daba pena, tenía mucho miedo. Estoy deprimida, porque mi pensamiento era que ya había logrado salirme. Sé que esto no es malo, pero ya no lo quería. La pandemia nos ha golpeado mucho”, relata la mujer.

A ella también le molestan los abusos que comenten los dueños de los hoteles donde lleva a sus clientes, que les exigen más dinero sin seguridad de ningún tipo. Dice que cobran hasta los condones, que no son de marcas comerciales, sino los que reparte Sanidad y deberían ser gratuitos. “Yo soy la que pongo el cuerpo, la que se arriesga a que llegue un pinche loco y me saque una navaja, la que hace cosas que a veces dices ‘guácala”, explica. “Mi trabajo no es malo”, continúa. “Yo no me considero puta, soy una trabajadora sexual, porque si me llegas al precio voy, no importa si eres muy feo o muy guapo. Pero si no me llegas a lo que pido, no voy. Tengo un horario y después, me voy a mi casa. Cuando me pongo los tenis termino y me convierto en una señora”.

Elvira, la directora de Brigadas, explica que mientras hacían el trabajo de campo de su informe se toparon con situaciones que llamaron su atención: mujeres, “amas de casa” las llama, que entraban en los hoteles frecuentados para la prostitución acompañadas de hombres. “Muchas iban con bolsas del mercado. Cuando salían y les preguntábamos si esa era su pareja nos decían que no. ‘Vengo a completar para el gasto’, explicaban”. Se trata, agrega, de mujeres que perdieron su trabajo o cuyos compañeros también quedaron desempleados. O centroamericanas varadas en México por el cierre de las fronteras. Dice que de las 750 mujeres que identificaron como extranjeras, el 75% son de Honduras, país golpeado por una dura crisis política, económica y humanitaria tras el paso de los huracanes Iota y Eta.

La directora no esconde su enojo con las autoridades de Ciudad de México. Afirma que no han apoyado a las trabajadoras sexuales, a pesar de que habían prometido entregarles una tarjeta de desempleo con 3.600 pesos mensuales. Entusiasmadas con la promesa, 7.500 se inscribieron en el listado presentado por Brigadas, pero el Gobierno capitalino dio una única ayuda de 1.000 pesos y las beneficiadas fueron menos de 2.000. “Nos hicieron limosneras”, afirma Elvira con amargura.

Una de las receptoras de los 1.000 pesos es Sabrina, que a sus 50 años ha tenido que regresar a la prostitución. Esta tarde saluda con una sonrisa mientras se acomoda despacio en una silla y deja de lado sus muletas, que le ayudan con una úlcera en el pie derecho. La enfermedad le causa dolores insufribles. “Lloro, grito de dolor”, asegura. Sabrina vive sola, no cuenta con más ayuda que la de Brigadas, por lo que no ha tenido otra opción que la calle. “Me transformo, me pongo guapa”. “Salgo por necesidad, por el sustento. Es complicado, pero tenemos que echarle ganas”. Se enfrenta a los mismo problemas que sus compañeras: clientes que piden besos, que ofrecen algo más de dinero para que se quiten el cubrebocas, otros que no quieren usar condón porque les molesta. “Si agarro el VIH no lo voy a curar con su regalito”, dice en referencia a ese dinero extra ofrecido.

Sabrina llora en un momento de la conversación. Su vida es un suplicio: la enfermedad que no sana, el dinero que no abunda, el hambre que aprieta. A pesar de eso le echa ánimos o se agarra de ellos para no desmoronarse. “Al menos puedo salir a la calle con mis muletas y trabajar. Hay gente que está postrada en una cama, que no tiene esa dicha de salir”. Y se enjuga las lágrimas.