La vida en Los Pinos durante 8 décadas

Utilizada por Lázaro Cárdenas por vez primera como residencia oficial del presidente, Los Pinos ha sido la casa de 14 presidentes de México: desde Cárdenas hasta Enrique Peña, pasando por Ávila Camacho, Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, que por su escasa legitimidad y su «guerra contra el narco», lo convirtió en más que un búnker.

Aquí, el estilo personal de cada uno para usar y decorar Los Pinos.

Cada familia presidencial ha dado a Los Pinos un sentido muy distinto. Los Cárdenas Solórzano encontraron ahí una vida bucólica, soleada, aireada y verde, y su hogar pasó a la historia como Casa Lázaro Cárdenas. Los Ávila vivieron ahí como en un lúdico edén. En cambio los Alemán Velasco levantaron para las futuras generaciones una deslumbrante «casa de los presidentes», pero ellos no la disfrutaron ni el año; la posteridad la ha llamado Residencia Miguel Alemán. A ella llegaron los Ruiz, que casi acaban con la casa nueva… por falta de uso. Tocaría entonces a los López Sámano repararla, si bien se negaron rotundamente a habitarla.

Así de paradójica es la historia de Los Pinos con ambas casas, la del general y la del modernizador, como eje de la vida en el poder. Es ésta última, la Alemán, la que ha aspirado a tener el papel principal. Y ha sido el centro de una tensión entre el cosmopolitismo y el nacionalismo presidencial, que ha impactado hasta en el diseño interior. Los Alemán quisieron una mansión con estilo francés e interiores europeizantes para abrir a México ante el mundo. Pero la mentalidad echeverrista vería en ello meras formas seudoeuropeas y decididamente cambiaría todo por dentro al estilo mexicano.

Los tiempos cambiantes le han puesto, quitado y devuelto casi de todo a la residencia Alemán, al mismo tiempo que al resto de Los Pinos se le han agregado edificaciones –ahí están las cabañas de los Fox- que le dan su forma actual. Y es sólo en la perspectiva como podrían entenderse las necesarias remodelaciones al estilo «cuarto de guerra» o «búnker» en el sótano de la mansión, en la que ahora vivirán por los seis años venideros sus nuevos inquilinos: los Peña Rivera.

Cárdenas

Para el general Cárdenas, la casa del presidente debía ser una «Casa abierta al pueblo», en la que todos se sintieran como en la suya propia. Por eso no pensó en los grandes lujos ni le importó que la nueva casa presidencial fuese ya algo vieja, abandonada y semidestruida como la del Rancho de la Hormiga.

Había elegido un chalet tipo inglés, de forma oval en uno de sus costados y con su buen soportal contra la lluvia, construido por el Dr. Martínez del Río a finales del siglo XIX. Apegados a una idea de sencillez, los pisos no se cubrieron con alfombras, los muebles fueron sencillos y las paredes permanecieron desnudas de cuadros o adornos. Fueron tan pocos los cambios, que el general se bañó todos los días a las seis y media de la mañana en las aguas heladas de una alberca sin caldera. Y apenas si a ésta le agregaron un pequeño vestidor y le quitaron los declives que se usaron para meter a bañar a los caballos.

El general atendió a la gente y sus asuntos en un despacho en el que había un escritorio y apenas espacio para un taquígrafo y su secretaria; ahí firmó, en 1938, el decreto de expropiación petrolera. Enfrente, hasta estaba la recámara de su hija Alicia. La casa tenía su pequeño vestíbulo de distribución con escalera al fondo. A la derecha, abajo, estaba el comedor, la cocina y el jardín; arriba, la recámara principal, la de Cuauhtémoc y la de huéspedes. En el ala izquierda, al oriente, había salas de música, de cine, de recibir y lo realmente especial: la maravillosa terraza descubierta, orientada al bosque, llena de luz y de plantas, con sus muebles de rattán.

Ahí, la de Amalia era una vida «como la de cualquier esposa y madre, atendiendo un hogar», según decía. Se le vio a caballo, en bicicleta, pero muy escasamente en la vida social y política del esposo, si bien el general la hacía cantar, con sus hermanas y amigas, acompañadas por dos grandes: Pedro Vargas y Agustín Lara.

Era una casa que a sus inquilinos les parecía funcional y cómoda, y satisfacía una idea campestre, a las afueras de una ciudad que distaba mucho de extenderse. Llegaron a ella a fines de marzo de 1935. Si elegir la casa fue lo de menos, no así el lugar. Quería que éste «se adaptara a su manera de vivir, a su manera de ser y a su carácter», porque como decía Enrique Krauze, en su serie Biografía del Poder, Cárdenas amaba el campo, la naturaleza, galopar, caminar, nadar. Le importó mucho aquél ambiente de una tierra de molinos de trigo que fueron de la Corona, frente a Chapultepec. Lo que no le gustó fue el nombre de Rancho de la Hormiga para casa presidencial; entonces la nombró Los Pinos y satisfizo así un romántico recuerdo de la huerta michoacana de mismo nombre donde conoció a Amalia, su mujer.

Ya en un escrito él se refirió a «La Casa de Los Pinos, propiedad de la Nación, ubicada en la calzada del Molino del Rey número 246». Como para que el nombre fuera irrevocable el general sembró pinos, junto con ahuehuetes, fresnos, ocotes y cedros. Y le mandó construir un techo de bóveda catalana sobre el zaguán de acceso, al que también colocaron pretiles que harían menos monótona la fachada, y las esquinas fueron achaflanadas.

La idea de «casa abierta al pueblo» se reflejó en la especie de escuela permanente dentro de Los Pinos para niños pobres de todo el país que el general reclutaba en sus giras, en parte para que su hijo Cuauhtémoc conviviera con niños de su edad. Había un gran dormitorio y un pabellón con cocina, comedor, salón de lectura y baños. Los invitados tuvieron bicicletas y ponis y muchos de ellos pasaron después a la escuela de enfrente, la de los Hijos del Ejército.

Avila Camacho

Con la llegada de Manuel Avila Camacho y su esposa Soledad Orozco, Los Pinos se mantuvieron como «casa abierta», pero para las familias del poder. Encontraron ahí un auténtico edén que supieron disfrutar con mentalidad recreativa y deportiva.

En los interiores no hubo mucho que modificar: poner un antecomedor, una despensa, un lugar para vajilla y cristalería. A la cocina hubo que darle un patio con cuartos de servicio. Una mesa de billar arriba, plantas de Xochimilco traídas por Soledad Orozco para los Jardines circundantes. Ella recordaba las reuniones familiares a la mesa de un comedor estilo imperio (época napoleónica) con su hermoso trinchador y en la sala de música frente a un gran piano de cola.

Pero qué tal los exteriores. Un frontón de 50 metros de tiempos del general Amaro se dividió en dos canchas, una de frontenis y otra de bádminton, los juegos favoritos de los Avila, en los que participaban las esposas de los secretarios del régimen. Se instaló una cancha de tenis y por un sendero se llegaba a una alberca de dimensiones olímpicas con vestidores, ahí junto a la alberca chica que hizo Cárdenas. Hubo, desde luego, campo de golf.

Los Avila no tuvieron hijos, pero dieron vida a los jardines y los juegos con sobrinos, niños y jóvenes de apellidos Alemán, Rojo Gómez, Rojo Lugo, Padilla, Limón, Quevedo o Núñez. Eran más de cien, de entre 6 y 22 años. Unos cuantos fueron recogidos por el general para darles casa y escuela. Las adaptaciones tuvieron como complemento la contratación del maestro y entrenador deportivo Ramón Velázquez, cuya filosofía y encargo era mantener sano al gobernante. Y fue él quien fundó ahí el Club Social y Deportivo de los Pinos.

Entonces Los Pinos fueron escenario de intensas competencias deportivas, bailables, fiestas, obras de teatro y tablas gimnásticas que acudieron a desfiles del 20 de noviembre entonando su propio himno. El club dio con el tiempo campeones en natación y equitación. Un sábado cualquiera era de zarzuela, cine y merienda; en ocasiones, de premiación, encabezada por un «presidente caballero», al que todos llamaban «padrino».

Todos pretendían ser una gran familia mexicana. La boda de la sobrina Paz Consuelo fue la primera que se hizo en Los Pinos. Los Avila tuvieron ahí una vida resuelta y feliz. Acaso la señora Soledad quiso corresponder con un naciente altruismo. Organizó en el lugar brigadas de salud para madres y recién nacidos, y repartos navideños y de Día de Reyes de ropa, dulces y juguetes. Los del club ayudaban a empacar miles de regalos para hijos de trabajadores y vendedores ambulantes. Y también colaboraban las esposas de funcionarios y sus hijas.

Alemán

Los Alemán Velasco llegaron a Los Pinos en abril de 1947. Si para los Avila hubo espacio de sobra, los recién llegados nomás no cupieron en la vieja casa de adobe con duelas de madera de la Hormiga.

No obstante lo insuficiente e incómoda que les resultó, a la casa casi no le hicieron cambios. En todo caso, Beatriz Velasco de Alemán la redecoró en el estilo francés que tanto le gustaba. A Miguel hijo le tuvieron que hacer espacio abajo para poner su recámara junto al consultorio médico contiguo al despacho presidencial. En lo que fue la peluquería del ex presidente Avila se adaptó un baño que padre e hijo tenían que compartir con la incomodidad de requerirlo al mismo tiempo.

Un día los Duques de Windsor llegaron a almorzar. Estaban en el magnífico comedor estilo Luis XV, con vajilla decorada con temas de cacería, pero todos los ruidos y movimientos de la parte de arriba resonaban abajo. El luminoso candil oscilaba y los comensales creían que temblaba.

Los Alemán sabían muy bien lo que querían: la «Casa de los Presidentes de México» y no una «casa para presidentes» como la del Rancho de la Hormiga. Habían llegado con los planos bajo el brazo -proyectados por el arquitecto Manuel Giraud Esteva y modificados después por el ingeniero Fernando Parra Hernández- y sentían que los ojos del mundo de la posguerra estaban puestos sobre el país. Un hecho confirmó su decisión: Truman había hecho en marzo una visita a México que no se había dado en cien años y no hubo más que recibirlo en Palacio Nacional. Alemán se sintió incómodo en todos sentidos.

Así que entre 1947 y 1952, prácticamente todo el sexenio, se erigió en Los Pinos una blanca residencia de estilo francés con su gran pórtico al que se ascendía por una amplia escalinata. Y esa fue con el tiempo la estampa más fotografiada del lugar. El interior tenía pisos de mármol gris y muros blancos ornamentados con cornisas, antepechos y plafones. En el gran vestíbulo que distribuía a los salones y recintos del conjunto, iluminado por un candil de 68 luces, destacaban las columnas revestidas de mármol con capiteles corintios dorados. Atraían todas las miradas las dos esculturas helénicas a escala natural de mármol blanco de Carrara situadas en cada lado del arranque de la elegante escalera de finos herrajes: eran Venus de Milo y Venus de Médicis con un delfín cabalgado por dos cupidos.

De acuerdo con el libro La Historia de la Residencia Oficial de Los Pinos, de Fernando Muñoz Altea y Magdalena  Escobosa Hass, en la decoración, la señora Alemán puso todo su interés. Consiguió entre anticuarios y casas de Guadalajara, Querétaro, Guanajuato y la capital, lo más representativo del mueble mexicano antiguo y de los estilos imperio, Luis XV (rococó) y Luis XVI. La casa se llenó de talavera y muebles tallados de marquetería de Puebla, cómodas de Boulle traídas de Francia, esculturas de bronce y mármol de Carrara, del norte de Italia, porcelanas de Sèvres, de Meissen y Limoges, candiles de Baccarat, y tapetes persas y chinos.

Los primeros anfitriones de esa mansión tuvieron el placer de sentarse a la mesa de marquetería de caoba y cedro de un comedor para 24 comensales acomodados en sillas de tapiz de raso azul. A un lado, el trinchador de cedro con el escudo nacional en bronce. Al otro, la chimenea forrada de porcelana. Colgantes de los muros, los óleos «Cabalgata nupcial», de Herderich, y «Festival en el Campo», de Kowalski. Los candelabros y el servicio eran de plata; las copas y los vasos de cristal de Baccarat con el escudo nacional. En la altura, el candil de cristal de bohemia de 48 luces en estilo María Teresa. Por aquí, cuatro tibores Luis XV; por allá un reloj Lepante y porcelana de Limoges.

Por primera vez, México tenía una residencia presidencial espaciosa que no fuera un palacio ni un castillo y con las comodidades, los servicios, y salones para recibir y despachar. Todo en una planta en forma de cuadrángulo en tres niveles: el superior, con habitaciones de la familia; el principal, de salones y despachos oficiales; y el subterráneo o sótano, con salas de juego y de fiestas.

Mientras se construyó, los hermanos Miguel y Beatriz, dos adolescentes inquietos nadaban y jugaban por ahí, a veces en compañía de sus padres. Jorge Francisco, el tercer hermano, era el primer descendiente presidencial nacido en el lugar, y tuvo en el jardín su primera escuelita de madera. Los sábados se jugaba golf y el joven Miguel filmaba sus propias películas en el frontón que le fue cubierto con techo de madera y que algún día se convertiría en el Salón Juárez. Su madre mantenía los repartos navideños y los obsequios, hasta de casas, a madres necesitadas.

En más de un sentido, los Alemán pensaron más en sus sucesores que en su propio momento. Por sus dimensiones, la casa fue hecha para perdurar. Creían que esa casa iba a dar la imagen de México al mundo. Querían que la casa presidencial tuviera una apertura mucho más amplia de la que ya le habían dado sus predecesores. Aunque el concepto era claro, fue complicada la justificación: no se trataba de mostrar lo nuestro, sino lo bueno que de Europa nos había llegado.

Ruiz Cortines

Para el presidente Adolfo Ruiz Cortines, la Casa Miguel Alemán era simplemente todo lo que él no era. Enemigo de ostentaciones y vanidades, estaba acostumbrado a la sencillez. A sus 63 años, no deportista y con la responsabilidad del país encima, lo que menos deseaba era disfrutar esa mansión. Se decía que su matrimonio era de conveniencia, cuyos hijos ya vivían por separado.

Tardó casi un año en decidirse a ir a vivir a Los Pinos, presionado por su Estado Mayor. No quería dejar su casa de la colonia San José Insurgentes, donde atendía gente que hacía fila en la calle, aun con lluvia, y congestionaba el tráfico.

Adolfo y María Izaguirre Mariquita se instalaron en el ala sur de la residencia y no quisieron hacerle arreglo alguno. Ella, gran devota religiosa, se trajo de casa una escultura en tamaño natural de la Virgen de los Dolores, que acomodó en la sala principal, detrás de la silla donde se sentaba, no obstante que el marido quería que tuviera esa imagen sólo en su recámara.

Apenas se usó el despacho presidencial, su salón de juntas, la peluquería y el consultorio dental, ubicados a la izquierda del vestíbulo principal. Casi por sí solo el conjunto de Los Pinos experimentó grandes cambios: se dejaron de usar las instalaciones deportivas, los juegos, los jardines, las canchas. Mantener una alberca limpia y llena de agua, en la que nadaban ya «personas extrañas», no iba con la austeridad del presidente, que la mandó secar.

Las cómodas de Boulle, las grandes arañas de cristal checoslovaco, los demás objetos, quedaron suspendidos en el tiempo como si la mansión fuese un museo cerrado. Entraron en desuso la sala principal y el comedor, del ala norte, al lado derecho del vestíbulo. Permaneció apagado el gran salón del sótano para fiestas o reuniones, con su pista de baile y sus mesas arrumbadas. Acaso el silencio se rompía a veces por el ruido del elevador que ella instaló para sus habitaciones personales -en las que puso gimnasio- y por alguna nota del gran piano que ella tocaba en el vestíbulo. El solitario matrimonio sólo se aficionó a la sala de cine, en la que cada domingo había películas de estreno por cortesía de Gobernación. En el último año del sexenio, Mauricio Locken, hijo de ella, llegó a vivir a Los Pinos con su propia familia. Habitó la antigua casa del general Cárdenas, que por fortuna fue restaurada.

Adolfo Ruiz Cortines, inquilino de una mansión semivacía, era el gobernante solitario en su ciudadela. Tanta inactividad en la residencia Alemán tendría consecuencias muy serias que sólo se notarían hasta el sexenio siguiente.

López Mateos

Adolfo López Mateos era un político sui generis que llegaba al poder. Aunque debía lidiar con tremendos dolores de cabeza, tomaba mucho café y fumaba de cuatro a cinco cajetillas al día de Delicados. Lo suyo eran las carreras de Fórmula Uno y el boxeo, mas él no practicaba ningún deporte. Era una persona amable, que siempre daba las gracias. Y sencillo al grado en que una vez llegó en camión a Los Pinos y, por supuesto, no lo dejaban entrar. Un hombre con modos y gustos tan definidos no iba a dejar que el poder lo cambiara.

Y su primera decisión fue no vivir nunca en Los Pinos, pues quería seguir siendo ciudadano en su tiempo libre. Trabajar ahí sí, y quizá algo a fuerzas pues encontró la Casa Miguel Alemán hecha un desastre y tuvo que repararla. He ahí la paradoja.

Es que a medio sexenio de Ruiz Cortines un crudo invierno congeló el agua de las tuberías en las extensas zonas sin uso de la casa, el piso de la biblioteca se hundió y con el tiempo más afectaciones abarcaron todo el edificio. Durante las reparaciones, según relato de Avecita, la hija de López Mateos, se encontró que los ductos y las instalaciones de luz y gas no eran buenas. Todos los pisos tuvieron que ser levantados y fueron rotas las paredes. Hubo cambio de tapices, lavado de alfombras y candiles, y se colgaron algunos cuadros de Rivera y Siqueiros que Bellas Artes prestó. Ya de paso se instaló una nueva red telefónica y de timbres para llamar al personal.

Encima, Eva Sámano de López Mateos tuvo que deshacerse de unos 90 gatos que su antecesora Mariquita adoptó y que se multiplicaban muy rápido.

Como los López Sámano encontraron también los libreros vacíos, organizaron una cena con amigos, colaboradores y diplomáticos que debieron llegar con un libro en calidad de donativo. Sólo así pudo Adolfo ponerse a leer clásicos griegos o latinos, o novelas y poesía así fuera en inglés, francés, italiano o español. Los albañiles se iban a las seis y le gustaba estar solo, en alguna oficina ya reparada, con sus novelas policiacas que le aclaraban la mente.

La afrancesada residencia no sólo recuperó su esplendor y hubo comidas y cenas con gobernadores, el cuerpo diplomático y los colaboradores, en alguna de las cuales lucía el hermoso árbol de navidad arreglado por Eva Sámano. No sólo: aun sin vivir ahí, López Mateos realizó con creces el ideal alemanista al hacer de Los Pinos una casa abierta al mundo con tanto visitante que llegó de fuera.

La casa de la Hormiga se adaptó para oficinas de Eva Sámano y de traductores de la cancillería. Como primera dama reanudó el altruismo y atendió ahí a mucha gente llena de necesidades y falta de consejos. Así siguieron los repartos de navidad, Día de Reyes o 10 de mayo, y hasta Marilyn Monroe y Frank Sinatra apoyaron su causa.

Díaz Ordaz

Si bien dos presidentes habían desdeñado ya la gran creación alemanista, para Gustavo Díaz Ordaz fue como un deber propio de su investidura vivir en Los Pinos, en la aun nueva residencia, no obstante que le parecía demasiado grande para sus necesidades familiares. Él no iba a convertir su casa del Pedregal, según decía, en unos «Pinitos».

Su esposa Guadalupe Borja recibió la casa en buen estado. Y los Díaz Ordaz Borja, con los hijos Gustavo y Alfredo -Guadalupe vivió aparte-, que llegaron en febrero de 1965, sólo hicieron algunos cambios en la distribución de habitaciones y mobiliario, la decoración, el papel tapiz, las cortinas y las colchas. Por ejemplo, la alfombra cambió de gris a azul y a los mismos cuadros se agregaron unos de José María Velasco y del Doctor Atl, propiedad del presidente. En la parte poniente, junto a la ayudantía, Gustavo el hijo construyó una alberca cubierta, que el padre disfrutó acompañado de su pequeño nieto Mauricio. También jugaba golf los sábados en un espacio al lado de la residencia. La familia vivió en sencillo y tranquilo intimismo, con simples paseos diarios por los jardines después de comer.

Echeverría

La Casa Miguel Alemán fue también motivo para que un presidente hiciera alguna crítica velada a sus antecesores. La del echeverrismo fue la del cambio radical.

Los Echeverría Zuno barrieron con todo. Convirtieron en piezas de museo -del Castillo de Chapultepec y de San Carlos- el legado en interiores de los Alemán. Para allá despacharon, con las leyendas «Son de inutilidad para la presidencia» y «quedar para su exhibición al pueblo»: sillas con patas de garra, tibores de Sevrès, tibores imperio Alpe Real con motivos napoleónicos, columnas de alabastro, un sofá con ocho patas de garra y tapiz de cuero rojo, cómodas Luis XV en marquetería, vitrinas francesas Luis XVI con cubiertas de mármol de carrara, candiles franceses de cristal de bohemia y bronce de 10, 15 y 18 luces, y uno de baccarat y bronce de 42 luces, un juego francés de reloj de porcelana azul en rococó con cuatro delfines y aplicaciones de bronce y el resto del mobiliario ya descrito.

Lo que vieron los Echeverría fueron muebles que no eran de una misma época ni tenían la misma calidad. Veían un desorden en objetos aislados. Seguramente el estilo imperio les provocó aversión. Un piano de cola Steinway fue a dar al conservatorio. Otros muebles fueron declarados sin estilo, sin valor y simplemente viejos.

De los cambios se encargó personalmente la señora Esther Zuno de Echeverría -que despachaba en la Casa Lázaro Cárdenas-, según le consta al arquitecto Pedro Moctezuma que se encargó de los cambios. Muros color hueso, con pinturas de autores mexicanos seleccionados por Bellas Artes. Tapetes artesanales de Temoaya. Un enorme candil de hierro forjado en negro con bombillas de pepita sustituyó en el vestíbulo central al gran candil de prismas de cristal. Se crearon los salones Colima y Taxco con muebles artesanales estilo colonial mexicano, decorados a mano con temas del país. La casa se llenó de los famosos equipales: unas sillas prehispánicas de respaldo circular forrado en piel y con base de madera y palma entretejida.

Las modificaciones más importantes se hicieron en la planta baja. Lo primero que Esther quitó fueron las dos Venus y los capiteles corintios dorados entre el salón y el vestíbulo principales. Como las columnas no eran de mármol, tenían apenas un recubrimiento, no fue difícil cambiar su estilo. Se hicieron arcos de tres puntos para comunicar los cuatro salones que daban a ese hall. En el gran salón, contiguo al comedor, se construyó una chimenea que ya no fue de porcelana sino de tabicón y cantera. En el sótano, los espacios de fiestas y juegos se convirtieron en sala de usos múltiples con mesas cuyo largo se adaptaba con tablones, según la necesidad. Ahí, debajo del despacho presidencial, la señora puso una muestra de muñecas vestidas con trajes femeninos regionales.

Los 365 días del año, y más los sábados y domingos, había reuniones de trabajo en las mesas redondas del comedor principal, en la primera planta, en el sótano y en el despacho. La casa debía aguantar el ritmo de un hombre que nomás no trabajaba mientras dormía… y dormía poco. La señora Echeverría le llamó Casa del Pueblo y estaría abierta a campesinos, obreros, estudiantes que se topaban en el jardín con un busto de Juárez. Por eso debía ser acogedora y familiar, pensando en manifestar el ambiente y el estilo mexicano más al interior del país que al exterior.

Lo que en realidad habían hecho los Echeverría fue desmantelar la idea alemanista y con ello resaltaron el aspecto ideológico de la residencia. En ese sentido la casa era ya un mensaje, cuyo contenido tenía su buena carga de propaganda que osciló entre el aperturismo y el nacionalismo.

López Portillo

Si Díaz Ordaz lo consideró un deber, para José López Portillo vivir en Los Pinos fue un goce.

Desde el primer día durmió en la residencia, con su hijo José Ramón, cuando aun no concluían las adaptaciones. Dos semanas después llegaron su esposa Carmen Romano, sus hijas Paulina y Carmen Beatriz Gigí, su madre Refugio y su hermana Margarita con su familia.

No hubo cambios estructurales, sólo se adaptaron los espacios. Como la familia Echeverría Zuno incluía ocho hijos, en la planta alta hubo muchas habitaciones. Entonces se tiraron muros. La recámara presidencial fue grande, en el lado sureste, arriba del despacho con escalera privada. El contenido era austero, a base de muebles de madera, una mesa sencilla, un bargueño español, la cama king size de cabecera sencilla, los muros blancos y la alfombra color camello. Había una gran pila en aparente desorden de documentos y papeles importantes y se colocaron pinturas hechas por López Portillo en la adolescencia.

Se aprovecharon los muebles de Echeverría pues se coincidía en mentalidad y en gustos. El despacho presidencial, según narra López Portillo en su libro de memorias Mis Tiempos, era de corte colonial muy sobrio y hasta dejó la misma bandera y los cuadros de charrería de Francisco Icaza. La biblioteca se adaptó como salón de trabajo colectivo de gabinete. Para las reuniones grandes prefería una mesa triangular para 56 personas porque facilitaba la participación de todos. Al resto de la planta principal sólo se le dio mantenimiento, al igual que a las oficinas y al Salón Carranza en el lado poniente de Los Pinos. En el sótano se pusieron baños, pues curiosamente no había y volvió a ser un lugar con sala de proyección, boliche y salón de fiestas.

Los hijos tuvieron más libertad en la decoración. En el ala derecha, frente a rotonda de los presidentes, los cuartos de ellas tenían una sala de estudio, vestidores y colores pastel. En dos largos pasillos laterales de arriba se abrieron domos en el techo. Al casarse todos en esa residencia, se aprovecharon, ampliadas, unas casas de madera del jardín poniente, frente al frontón, que Echeverría construyó como muestras de habitación popular.

En la planta de arriba de la casa Alemán se daba la vida familiar. Se adaptó un comedor, un antecomedor y una cocina, con muebles que los López Portillo Romano llevaron de casa, diseñados por Carmen Romano. Frente a la habitación presidencial se redecoró un «cuarto chino», de la época de Ruiz Cortines. Las fachadas exteriores se igualaron en el acabado de cantera de los marcos.

La señora puso un elevador personal en lo que era un clóset de su habitación, frente a la de su marido. Abajo, en lo que fue el Salón Taxco, opuesto al salón Colima, instaló su propio despacho, pues con ella y las esposas de los funcionarios surgió el Voluntariado Nacional.

La Casa Lázaro Cárdenas fue para la madre –que ahí recibió a Juan Pablo II- y la hermana, amenazada por la guerrilla urbana. Se construyó un quiosco en el jardín «para que mi madre pudiera recibir». La familia tenía que «vivir hacia adentro, por la guerrilla, lo hicimos a plenitud», escribió José.

La actividad del presidente se desplegó en todo el complejo de Los Pinos. Se le vio cabalgar, aprender a jugar tenis en una cancha cubierta que hizo en el frontón, nadar en alberca descubierta o cubierta -junto a la cual puso un elevador para la familia-, o ir rápido de un punto a otro en un tren eléctrico. Hasta mandó construir un picadero y un gimnasio en la parte de atrás que da a Molino del Rey. E hizo plantar flores y rosales.

Al final él se hizo esta reflexión: «Creo que difícilmente puede pensarse que haya alguien que haya aprovechado más y ¿por qué no decirlo? disfrutado tanto de Los Pinos como yo». Y no salió de ahí sino hasta el último minuto del 30 de noviembre de 1982.

De la Madrid

Los De la Madrid Cordero conceptuaron Los Pinos de dos formas: la casa donde reside el poder y también una familia como célula fundamental de la sociedad.

Llegaron en febrero de 1983, pues en diciembre y enero fueron las obras de adaptación bajo un criterio estricto de Miguel de la Madrid, que explicó al diario Excélsior de la época: «separar el lugar de trabajo del presidente, de la residencia familiar. Una cosa es la vida del presidente con su familia y otra la del presidente con su trabajo».

Según esto, la vida familiar sería arriba de la Casa Alemán. La planta principal se dividió en dos secciones: la de recibir y la de estudiar. No se usaría para vida cotidiana, salvo el despacho y la biblioteca donde al presidente le gustaba estar solo los fines de semana. Ahí cambió los muebles por los de un ebanista que también se encargó del comedor principal para 28 personas con vitrinas a los lados. Su esposa Paloma llevó la porcelana y en la pared del fondo, entre dos ventanales, se puso un mueble con ramo de flores de seda y cuadros con bodegones, tanto de la familia como prestados por Bellas Artes. Ella quería hacer de la residencia un hogar verdadero, darle un carácter totalmente íntimo.

Cambiaron el color de muros, llevaron a la sala principal de la residencia muebles de alta calidad, de marquetería poblana y chippendale mexicano, y objetos de arte mexicano como tapetes de Temoaya. De la Madrid definió la decoración como contemporánea.

Se conservó el Salón Colima, de donde él era oriundo, y el comedor familiar, de arriba, con los muebles de artesanos de Comala. Y hasta le agregaron piezas de cerámica precolombina del mismo estado. Al lado derecho, en una salita de recibir colocaron muebles y objetos de su casa de Coyoacán, como una talla en madera estofada que representaba a Santa Clara y un piano vertical antiguo que ella tocaba.

De la Madrid despachó en la Casa Lázaro Cárdenas, que se decoró con una colección de pintura mexicana prestada por el INBA. Los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, del Doctor Atl, se mostraban en la escalera de acceso a su despacho. En el salón de proyecciones de esa casa se pusieron dos bustos, uno de Calles y otro de Cárdenas. Se entiende el afán conciliatorio. También hubo dos salones de recepción abajo: el Morelos, al lado sur, para mandatarios extranjeros y foto oficial, amueblado en Chippendale mexicano, con pintura del independentista y biombo con batalla del cinco de mayo. Y el Salón Juárez, al lado norte, para usos múltiples, con chimenea, arriba de la cual estaba la pintura del prócer y un cuadro volcánico de Nishizahua.

Después seguía la terraza ya cubierta, con cómodos sofás a modo de sala de espera de De la Madrid. Arriba está el despacho con su puerta de madera tallada. El ocupante lo quiso sobrio, con un estrado tapizado en piel café para conversar entre varios; después un amplio escritorio de madera tallada, con enseres, lámpara, globo terráqueo, águila del escudo nacional y retrato de Paloma. Detrás del sillón, los cuadros de Velasco; El Corzo, de Albino Ruiz, y en un nicho del muro la estatuilla de un metro de Morelos, su héroe.

Paloma tuvo sus oficinas, como presidenta del DIF, en la casa que fue de Gigí. Ahí lucía un autorretrato al pastel, un cuadro del matrimonio, una escena de Chimalistac. Familia numerosa con los hijos Margarita, Miguel, Enrique, Federico y Gerardo, y la señora madre Alicia Hurtado de De la Madrid, que vivió en la Casa Anexa.

En los jardines se cambió el sistema de riego de agua potable a agua tratada. Se transformó la fachada: la tradicional se quedó sin los torreones que le daban apariencia de cuartel, se pintó de blanco, se le puso un enorme escudo en bronce y se polarizó en ocre las ventanas en cuadrícula. Afuera, enfrente, se puso un asta bandera y se crearon dos estacionamientos subterráneos, andadores adoquinados y un parque arbolado que puso una cima de distancia entre los Pinos y el exterior.

El conjunto de Los Pinos no fue concebido en forma total, era la suma de ideas y creaciones que se fue dando en el tiempo. Y ya faltaba poco por agregar.

Salinas

Como resultado de una complicada elección, Carlos Salinas de Gortari llegó a Los Pinos con una carga de ilegitimidad, por lo cual evitó salir a eventos en hoteles o demasiado expuestos al público. Y muy rápido, para enero de 1989 tuvo listos dos nuevos salones dentro de Los Pinos: el Adolfo López Mateos y el Manuel Ávila Camacho. El primero se inauguró con la fiesta de 15 años de su hija Cecilia Salinas Occelli, en la que Luis Miguel cantó para cientos de invitados.

Incluso en ese primer año también se acondicionó un espacio como estudio de televisión, en previsión de que no pudiera dar verbalmente en el Congreso su primer informe de gobierno.

A Salinas le gustaba comenzar la semana los domingos, día de fuertes anuncios. Despachaba hasta tarde en la Casa Lázaro Cárdenas. A su oficina le puso el nombre y el cuadro de Benito Juárez -de cuerpo entero-, como él mismo relata en su libro Un paso difícil a la modernidad. Ventanal de piso a techo, que fue su aportación, que él dice que diseñó. Ahí tenía oficina también su alter ego, su favorito, José Córdoba Montoya.

Eran unos niños los hijos Emiliano y Juan Cristóbal. Su madre Cecilia cargó ahí con los muebles de su casa para hacer sentir cómoda a la familia en la Miguel Alemán. De vez en cuando, Salinas corría temprano en La Milla de Chapultepec y en los lugares adonde iba de gira.

Como en el año 1994 se dio el levantamiento zapatista en Chiapas y fueron asesinados el candidato presidencial priista Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, su cuñado –ya había sido asesinado el cardenal Juan Jesús Posadas-, Salinas tuvo necesidad de tomar más medidas de seguridad.

Zedillo

Con un gobierno en crisis económica, Ernesto Zedillo Ponce de León apenas pudo pintar de blanco las paredes de Los Pinos, cambiar el piso de su oficina, remodelar el Salón Blanco, el Salón Morelos y el de Usos Múltiples.

Colocó una gran puerta verde de hierro fundido –que por ahí dejó De la Madrid- a la vuelta de avenida Constituyentes, sobre Parque Lira y Molino del Rey. Sólo por ella podía entrar en vehículo el presidente y así el conjunto de Los Pinos quedaba más que sellado.

Despachó también, como De la Madrid y Salinas, en la Casa Lázaro Cárdenas y en el escritorio tenía un retrato de Luis Donaldo Colosio. Ahí tuvo un Salón Blanco para reuniones con grupos reducidos y un salón de juntas de gabinete con mesa larga y rectangular, y un televisor con videocasetera. De acuerdo con Juan Arvizu y Rita Gánem, autores del libro Desde Los Pinos, Zedillo contaba con tres redes telefónicas con aparatos rojos a prueba de espionaje: una, la presidencial por la que él llamaba; otra por la que recibía llamadas del gabinete, y otra para comunicarse vía satélite con gobernadores.

Su esposa Nilda Patricia Velasco ocupaba una oficina cerca del salón López Mateos y gustaba de los jardines en los que había cuatro fuentes -de los Pescados, del Trébol, de Cantera y de los Azulejos-, un estanque con peces, los bustos de Juárez, Hidalgo y Morelos, un escudo nacional de cantera y una figura prehispánica de la fertilidad. No quería que descendieran helicópteros en el campo de atrás de la Casa Alemán, pues se despertaban los hijos. A finales de año mostraba a alumnos un nacimiento de más de tres mil piezas.

Los Zedillo Velasco tenían cinco hijos que jugaban futbol y se reventaban en la discoteca. Llevaron con ellos cinco perros, uno murió de viejo y otro se perdió y apareció en el zoológico de Chapultepec, razón por la que dos soldados fueron arrestados. Al corral que siempre estuvo en el conjunto, Zedillo añadía guajolotes, gallinas y borregos que le regalaban en sus giras; hasta un burro y una pareja de ponis que tuvo un descendiente.

Fox

La vida idílica de los Fox en Las Cabañas de Los Pinos fue sólo la parte más anecdótica de su paso por Los Pinos. En realidad traían un proyecto demasiado ambicioso que partía de hacer de la Casa Alemán una gran telaraña –quizá al modo de Felipe II y su Escorial- para desde ahí manejar todos los hilos del poder, aun cuando eso implicaba formar una estructura paralela al gabinete. A medio sexenio el proyecto político se desplomó rotundamente.

Vicente Fox y Marta Sahagún disfrazaron, con su aparente humildad de vivir en unas cabañas, un costoso cambio de fondo que harían de la Residencia Miguel Alemán ya no la «Casa de los presidentes» sino un vasto complejo de oficinas. Al final su decisión sería muy criticada por favorecer a un contratista, Humberto Artigas y Asociados, con contratos irregulares por más de 60 millones de pesos.

La opacidad se mantuvo todo el sexenio. Según la auditoría 2015 de la Secretaría de la Función Pública, la remodelación de las cabañas 1 y 2 costó ocho millones y medio de pesos, mientras que para la Casa Alemán se pagó unos 30.1 millones. Hubo obras externas que costaron 14.6 millones y mejoras a la Casa Anexa por 8.6 millones. Para sólo equipar con enseres, utensilios de cocina y blancos las cabañas 1 y 2 se aprobaron compras sin licitar por un millón 734 mil. El hallazgo de la periodista Anabel Hernández del pago de cuatro mil 25 pesos por tan solo una toalla por parte de la presidencia desató a mediados de 2001 un gran escándalo que mostraría la punta de la madeja.

Alguien que presenció la demolición de los interiores de la Casa Alemán, recuerda la pena que sintió durante la destrucción de los baños «extraordinariamente arreglados» de la zona hogareña, que se convertía en oficinas y salones. Ha de ser ya histórica una foto de la prensa que simbolizaría los cambios en el despacho presidencial: la salida del retrato de Benito Juárez con destino -¿sin retorno?- a la Secretaría de Gobernación.

Así se barrió en el sótano con la sala de boliche y la discoteca de tiempos de Zedillo. Sólo se conservó ahí la pequeña sala de cine y se hizo el famoso «room situation» o «cuarto de guerra» para reuniones con Fox en petit comité. Cuando la casa estuvo vacía, sólo quedaron a un costado tres aparatos de gimnasio donde también sobrevivió la alberca techada. La alberca descubierta -junto a la Casa Anexa que hizo Echeverría para uno de sus hijos y que los hijos de Zedillo usaron a modo de club- fue tapada y convertida en cisterna.

Ciertamente, Las Cabañas no son más que dos departamentos de una sola planta. Con otro aspecto, las usaron al casarse los descendientes de José López Portillo. En una vivieron Vicente y Martha, y a veces el pequeño Rodrigo. Tenía tres habitaciones, sala comedor, despacho, una cocina grande y una terraza. La otra iba a ser para Ana Cristina, Paulina y Vicente, que casi ni vivieron ahí, con sólo dos habitaciones, sala, comedor, cocina y un jardín privado en la parte trasera. Para Fox era como hospedarse en una suite de la ciudad, pues se acomodaba mejor los fines de semana en su rancho de Guanajuato.

Calderón

La guerra que Felipe Calderón desató en el ámbito del narcotráfico y los cuestionamientos a su legitimidad democrática confirieron a Los Pinos un papel de virtual búnker.

Con eso, el viejo ideal de «casa abierta al mundo» o «al pueblo» ha quedado completamente relegado. Ahora la vigilancia del lugar se realiza bajo riguroso criterio militar. Si desde el 68 y el 88 la residencia ha tenido que ser progresivamente más defensiva y cerrada, con sus muros cada vez más elevados, de 2006 para acá se incorporaron a la estética circundante los lectores de iris de los ojos, las barreras metálicas, el cierre de accesos y las constantes rondas de pelotones de soldados.

En los muros hay un sistema de comunicación de circuito cerrado y un dispositivo de alarma de rayos infrarrojos. Forman parte de la vigilancia perros entrenados y poderosos reflectores que se encenderían en caso de alerta nocturna.

El propio Calderón confesó su pasión por la serie policial estadounidense 24, razón por la cual «Yo quería todos los juguetes (aparatos de alta tecnología) para ser superior a los criminales». Eso dijo cuando en noviembre de 2010 presentó en exclusiva a la cadena CBS «su supersecreto búnker antinarcóticos subterráneo» denominado Comando Central de Inteligencia, sin dejar claro si ese sitio estaba dentro de Los Pinos.

La primicia parecía confirmar el dicho de la reportera Lilia Saúl que publicó en noviembre de 2007 que Calderón planeaba «armar un búnker» en el «cuarto de guerra» que Vicente Fox le había dejado en el sótano de la Residencia Miguel Alemán. Alguna vez, mientras mostraba su propio búnker en la Secretaría de Seguridad Pública, a Genaro García Luna se le preguntó que si en caso de una situación que pusiera en riesgo la seguridad del jefe Ejecutivo esas instalaciones podrían albergarlo. Entonces contestó:

-Por supuesto. Es una de sus funciones alternas. Pero, además, él cuenta con un búnker en Los Pinos, la residencia oficial.

Otro hecho marcó la vida de los Calderón Zavala en el lugar. Sus antecesores hicieron remodelaciones que fueron muy cuestionadas. Marta Sahagún se hizo fama, entre otras cosas, de ser mujer de gustos caros. Entonces los nuevos habitantes tuvieron que esforzarse en dar otra percepción y mostraron conformidad en vivir en una sola de las dos Cabañas que habitaron los Fox, con apenas modificaciones que costaron, se dijo, unos 652 mil pesos. Miembros de su primer círculo han dicho que él y Margarita llevaron sus muebles y se acomodaron en un cuarto. Otro fue para sus dos niños Luis Felipe y Juan Pablo. Y uno más para la niña María. La otra cabaña fue una especie de espacio complementario. Y en esa vida les acompañaron dos perros: Rocky y Lucky.

La Casa Miguel Alemán siguió siendo sólo espacio de trabajo, cuyas escalinatas se usaron para el protocolo diplomático y firma de iniciativas. Pero no bastó. Calderón hizo construir un edificio para más oficinas de unos cuatro pisos al que llamó Bicentenario. No se sabe aun de su costo.

En octubre, se inauguró en Los Pinos una planta de tratamiento de 236 metros cúbicos de aguas residuales y se hicieron adaptaciones ambientales para que el conjunto fuese declarado sustentable y de cero emisiones. Hubo cambio de 300 muebles de baño y 144 regaderas, sustitución de mil lámparas incandescentes, refrigeradores, estufa, y electrodomésticos de alto consumo de energía. Se pusieron 20 paneles solares en las azoteas para calentar el agua y celdas fotovoltaicas que generen electricidad para la zona residencial. Ahí sí se habló de un gasto de 22 millones de pesos.

Desde fines de septiembre, principios de octubre, la Casa Alemán comenzó a vaciarse de oficinistas y funcionarios. Quedaba solo un florero en el vestíbulo principal. Los estacionamientos se desocuparon. Igual Calderón dejó Los Pinos, para que su sucesor comenzara a remodelar. Iba de gira en gira. El Estado Mayor no quiso que volviera a su casa de la colonia Las Aguilas, pues solo tiene una salida de la zona, lo cual era delicado en caso de emergencia.

Antes posó para que el artista Ricardo Ponzanelli comenzara la estatua, a un costo de medio millón de pesos, que habrá de ser colocada tal vez en la Calzada de los Presidentes, creada por López Portillo, donde están las esculturas de los 12 que ya habían pasado por Los Pinos.

Qué curioso: en esos jardines Díaz Ordaz se puso un día a pedalear una bicicleta sin saber que era de un repartidor; quién iba a decir que ahí mismo Calderón subiría a una bici para ir a dar al suelo y romperse la clavícula.

Peña Nieto

En Los Pinos, los presidentes y sus familias han expresado sus pasiones humanas reflejadas en sus preferencias ornamentales y el uso del espacio: sencillez u orgullo, soledad y sosiego, desmesura o austeridad, vanidad, modestia, sensatez. Su gusto por lo burdo o lo estético. En suma, desarrollaron al residir ahí, a querer o no, un concepto que tiene que ver con humildad o con grandeza, no necesariamente reñidas.

Ahora el matrimonio Peña Rivera llegó con seis hijos: tres de él, Paulina, Nicole y Alejandro, y tres de ella, Fernanda, Regina y Sofía. Todo parece indicar que vivirán en la Residencia Miguel Alemán, pues no lo han desmentido, según la tradición priista; y que lo harán en ese aislamiento tipo búnker, herencia de su antecesor. Al enrejado de Parque Lira y Molino del Rey ya hasta se la ha agregado un detector de metales. Así que ni siquiera parece posible que esa casa vuelva a abrirse como en antaño, entre la histórica tensión del aperturismo alemanista y el nacionalismo echeverrista.

Unos 40 días antes del día de asunción, Calderón le dejó a su sucesor Enrique Peña Nieto el espacio para que iniciara cambios. Entonces llegó un grupo de arquitectos e ingenieros, encabezados por un contador, Edgar Acara. Los trabajos comenzaron y los reporteros vieron a diario arquitectos, empleados de la construcción, piedras, tablarroca y materiales esparcidos. Para este texto se quiso consultar al equipo de Peña Nieto, que mantuvo el hermetismo sobre el tema.

Un ex integrante del primer círculo de Calderón y otro del de Fox, que pidieron no ser nombrados, hablan de un dilema para el presidente entrante: gastar para volver a hacer habitable la Casa Miguel Alemán o mejor hacerlo en una construcción exclusivamente familiar, nueva y lo suficientemente amplia para un futuro, en el que Fox no pensó. En la Alemán ya trabaja demasiada burocracia que no será fácil reubicar. Espacio para construir hay en donde López Portillo construyó un picadero. Y el gasto tal vez fuera el mismo, unos 15 millones de pesos, con la idea de que sea austero.

Pero por otro lado, la residencia Alemán, como fue concebida, tiene un valor simbólico enorme en el que no pensó Fox y menos Calderón: es uno de los atributos del poder presidencial que quizá no merezca el destino que ha tenido.